Una noche en casa de mi tía leyendo relatos eróticos: Relatos Eróticos

Relatos

Una noche en casa de mi tía, le leyendo relatos eróticos

Les confieso que esta noche, mientras el silencio envuelve la casa de mi tía Carmen, me encuentro sumergida en un torbellino de sensaciones, con el celular como único testigo de mis pensamientos. 

La penumbra del cuarto de mis primos, donde yazco en una cama doble, me envuelve como un manto cómplice. A mi lado, Alberto y Damián duermen profundamente, ajenos al mundo, sus respiraciones suaves rompen la quietud, casi como un susurro que acompaña mis desvelos. 

Pero dejemos que la historia se desentrañe desde el principio, como un lienzo que se pinta con cada pincelada de deseo y memoria.

Confesiones

Hoy salí temprano del trabajo, con la mente aún encendida por un encuentro fugaz. En mi bolso llevaba una pashmina, impregnada de mi esencia, que le obsequié a un chico que conocí en la oficina. Fue un gesto impulsivo, un capricho tejido con hilos de coquetería. 


Nos besamos en un rincón olvidado del pasillo, un instante que encendió un fuego en mi interior, tan intenso que me llevó a buscar refugio en el baño. Allí, en la intimidad de mi propio cuerpo, dejé que mis manos exploraran lo que mi mente no podía contener. No alcancé el clímax, pero la chispa quedó latiendo, prometiendo volver. 

Él, un reemplazo temporal, estará hasta el viernes. Ya lo extraño, aunque la pashmina que le di lleva consigo un pedazo de mí. A las tres de la tarde, mi celular vibró con una llamada perdida de mi tía Carmen. Me invitaba a comer a su casa, a media hora de donde vivo y trabajo. 

No tenía muchas ganas; mis planes eran simples: llegar a casa, acurrucarme con un tazón de palomitas, ver una película y tal vez charlar con alguien que encendiera mi noche. Pero algo en su voz, cálida y familiar, me convenció. Así que me puse mis leggings favoritos, esa prenda que abraza mis curvas como una segunda piel, y mi lencería predilecta, un secreto que solo yo conocía bajo la tela. 


Conduje hasta su casa, donde me esperaban ella y sus hijos, mis primos Alberto y Damián, más jóvenes que yo, pero con esa chispa que los hace especiales. 
Mi tía Carmen, esposa del hermano menor de mi padre, siempre ha sabido que soy de alma introspectiva. 

Realmente para ellos, soy más que una prima; soy una confidente, alguien que los escucha sin juzgar. Al llegar, los abracé con efusividad, dejando que mi cuerpo se acercara más de lo necesario, un roce sutil que me hizo sonreír. 

Alberto, el más serio, apenas respondió; Damián, en cambio, se dejó envolver por mi entusiasmo. Nos sentamos a comer, y entre risas y charlas, el tiempo se deslizó como arena entre los dedos. Más tarde, mi tía se retiró a su habitación para hablar por teléfono, y nosotros nos instalamos en la sala. 

Pusimos Aves de presa, con la deslumbrante Margot Robbie, cuya presencia en pantalla era casi tan magnética como las imágenes que danzaban en mi cabeza. Terminada la película, salimos al súper por un pastelito que compré con un guiño de complicidad. 

De vuelta, mi tía preparó café de olla, y los tres —Alberto, Damián y yo— charlamos sobre la escuela, sus vacaciones y mis aventuras en el trabajo. La noche avanzaba, y con ella, un calor sutil comenzaba a crecer en mí.

No había traído ropa para dormir, así que mi tía me prestó un pants. Sin embargo, me sentía tan cómoda en mis leggings que decidí no cambiarme aún. Nos quedamos en la sala, viendo videos de YouTube: risas, tonterías, y luego un documental sobre investigaciones paranormales que nos atrapó. 

Sentados en el sofá, con una cobija que pronto descartamos por el calor, mis primos se reían y comentaban, mientras yo, en un rincón de mi mente, me dejaba llevar por recuerdos más ardientes. En mi mochila, siempre llevo un cuaderno donde plasmo mis relatos, esos que nadie lee, pero que son mi refugio. 

Saqué un lápiz y comencé a garabatear: líneas, figuras, una casita, un muñequito. Damián, curioso, preguntó qué hacía. “Dibujitos”, respondí con una sonrisa, mientras mi mente vagaba por senderos más prohibidos.

En un momento, mientras ellos estaban absortos en la pantalla, dejé que el lápiz se deslizara entre mis dedos, rozando la tela de mis leggings. Un cosquilleo me recorrió, y el calor que había sentido antes se intensificó. 


La penumbra me protegía, y mis movimientos eran discretos, casi imperceptibles. Mis primos, ajenos a mi juego privado, seguían hablando del video. Me recosté en el sofá, dejando que mi mano izquierda acariciara mi pecho por encima de la blusa, mientras la derecha exploraba con más audacia. El lápiz, ahora un cómplice silencioso, dejó en mí un aroma dulce que solo yo podía percibir.

Eran casi las once y media cuando decidimos irnos a dormir. Mis primos, ya en pijamas de tela ligera, se dirigieron a su cuarto. Yo los seguí, aún con mis leggings puestos, y me acomodé en una de las camas dobles. Ellos, en la otra, jugaban con sus celulares, charlando sobre la escuela y preguntándome sobre mi vida. 

Poco a poco, sus voces se apagaron, y el sueño los reclamó. El silencio se apoderó de la habitación, roto solo por sus suaves suspiros. Entonces, en la intimidad de la noche, me deslicé bajo las sábanas. Me quité los leggings, dejándolos en la orilla de la cama, y me quedé en ropa interior. 


Mis dedos, guiados por un impulso irrefrenable, encontraron el camino hacia mi piel. Mientras leía relatos eróticos en mi celular, mi cuerpo respondía con una danza silenciosa, lubricada por el deseo. Un pequeño muñeco, olvidado en la cama, se convirtió en un aliado inesperado, rozando mi piel con una suavidad que me arrancó un suspiro. 

La habitación estaba en calma, pero mi mundo era un torbellino. Ahora, mientras escribo estas líneas, estoy envuelta en las sábanas, con el celular iluminando mi rostro. Mis leggings descansan en el suelo, y mi ropa interior, un susurro de tela, sigue siendo mi secreto. 

Espero no olvidarla en el buró al despertar. O tal vez, en un rincón travieso de mi alma, deseo que alguien la encuentre. La noche es joven, y yo, en este instante, me siento viva, vibrante, como una llama que no se apaga.

El presente relato es de mi autoría.

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